Algunas lecciones
de los presupuestos participativos de Porto Alegre


Antonio J. Peláez Tortosa
En  
http://www.iigov.org/gbz/article.drt?edi=406061&art=406080
16 de marzo 06 en revista  digital Gobernanza

Cuando faltan tres años para que se cumpla el vigésimo aniversario de la
victoria electoral de una alianza progresista que permitió al Partido de los

Trabajadores de la ciudad brasileña de Porto Alegre promover y aplicar
gradualmente el "experimento" de los presupuestos participativos, la
innovadora iniciativa no sólo parece consolidada, sino que se ha convertido
en ejemplo mundial para otras municipalidades, en motivo de investigación
para politólogos y estudiosos de las ciencias sociales en general, e incluso

en modelo para proyectos semejantes promovidos por organismos multilaterales

como el Banco Mundial. Este breve artículo intenta ofrecer un somero
análisis de las características más destacadas de este modelo, al objeto de
calibrar posibles extrapolaciones, y de situar este caso particular en el
marco de una corriente teórica de la ciencia política que desde mediados de
los años 90 está retomando con vigor el paradigma de la democracia
participativa, que hasta entonces había recibido escasos apoyos desde que
fuera conceptualizada por Macpherson y Pateman en la década de los 70.

Baiocchi ha publicado recientemente un artículo en el que, además de
describir detalladamente los mecanismos y procedimientos que sustentan este
novedoso diseño institucional, hace hincapié en dos aspectos principales.
Por un lado, el carácter pragmático de su enfoque general, pues está
dirigido fundamentalmente a la resolución de problemas diversos padecidos de

forma muy directa por la población del municipio; y por el otro, la
relevancia que la iniciativa otorga a los conceptos de igualdad y fomento
del tejido local asociativo.

El presupuesto participativo de Porto Alegre está diseñado a modo de proceso

anual y cíclico, que integra una serie de mecanismos institucionales
formales e informales a través de los cuales los ciudadanos participan
directamente en la formulación de proyectos locales y en la asignación de
los recursos necesarios para su ejecución. El proceso de toma de decisiones
se divide básicamente en dos niveles procedimentales. Así, en los distritos
o comunidades vecinales se llevan a cabo reuniones de libre asistencia, bien

a título individual o como miembro de una asociación local, para elegir los
delegados de distrito que deberán representar a sus respectivos
conciudadanos durante las sucesivas fases del proceso participativo, y para
valorar los resultados del plan correspondiente al año anterior.
Posteriormente, una vez que los delegados han acordado mediante deliberación

las necesidades y prioridades de cada distrito, los mismos eligen a los
representantes que configurarán, junto a los miembros del gobierno local, el

Consejo Municipal del Presupuesto. Este órgano debe encargarse de varios
cometidos: acomodar y coordinar los distintos planes de distrito de acuerdo
a la disponibilidad presupuestaria y las prioridades de la ciudad en su
conjunto; redactar la propuesta presupuestaria final que debe ser elevada al

legislativo; y revisar de forma permanente los criterios establecidos para
la asignación de recursos en las distintas zonas de la ciudad. Dicha
distribución, junto con el número de delegados correspondiente a cada
distrito, se determina de forma ponderada en función de tres factores:
población, necesidades y prioridades de los distintos distritos. Los
representantes de la corporación municipal participan activamente durante
todo el proceso deliberativo y planificador, ofreciendo asistencia técnica a

los ciudadanos y actuando como facilitadotes en las reuniones de trabajo.

Destaca Baiocchi que la materialización de las propuestas participativas en
resultados inmediatos y tangibles, generalmente relacionados con proyectos
de dotación de infraestructura urbana, ha generado un doble efecto positivo.

Por un lado, ha dotado al sistema de gobernanza de la ciudad de mayores
dosis de credibilidad y legitimidad, lo cual a su vez ha propiciado la
consolidación del modelo participativo y de las instituciones creadas a
través del mismo. Asimismo, ha actuado como catalizador de un espectacular
aumento del tejido asociativo local, pues el ciudadano ha percibido
claramente cómo han ido aumentando los incentivos para pertenecer a
asociaciones locales, las cuales han resultado fortalecidas en su nueva
función como canales principales de la participación popular y la
interacción entre ciudadanos y autoridades. Los otros dos factores
destacados por el autor son la inclusividad del sistema y la importancia del

aprendizaje social como método para atenuar los efectos perniciosos
relacionados con las notables diferencias existentes entre los participantes

en términos de riqueza, educación, raza, género o prestigio social. Al
objeto de impedir la formación de facciones y grupos clientelares, los foros

participativos están abiertos a todos los ciudadanos, así como a toda
organización local, ya sea formal o informal, permanente o temporal. Por lo
que respecta al factor educativo, varios estudios muestran que el impacto de

las mencionadas diferencias sociales sobre la mayor o menor participación
ciudadana se reduce drásticamente a medida que los participantes adquieren
experiencia en el proceso participativo o en algún tipo de movimiento
asociativo, así como cuando cuentan con más tiempo disponible. La clave de
ello radica en la aplicación de programas formativos específicamente
diseñados para fomentar la participación ciudadana y superar conjuntamente
las visiones particularistas y competitivas; en definitiva, la creación de
verdaderas "escuelas de democracia".

Con relación a los aspectos negativos o controvertidos del sistema, podría
ser criticado su carácter excesivamente pragmático y la focalización en
problemas relativamente coyunturales y, hasta cierto punto, secundarios. En
efecto, la resolución directa de problemas estructurales e históricamente
arraigados en las relaciones de poder locales, como podría ser la estructura

de la propiedad de la tierra, queda automáticamente fuera de la agenda, pues

de lo contrario el espíritu de consenso y búsqueda de acuerdos entre actores

antagónicos, que es la base de la iniciativa, desaparecería. Este hecho
podría llegar a convertirse en un problema mayor si además de ello no se
materializan las reformas que necesariamente deben acompañar a una
iniciativa como la de Porto Alegre, es decir, fundamentalmente un verdadero
proceso de descentralización que dote a los gobiernos locales de
competencias, autoridad y recursos suficientes para emprender el proyecto
participativo. De hecho, reformas como ésta o semejantes, están presentes en

todas las iniciativas análogas a la de la ciudad brasileña. En ausencia de
estas reformas, el sistema podría convertirse en una farsa, y en una
maniobra para desactivar las energías de aquellos individuos o entidades con

mayor conciencia política.


También se podría argumentar que la posible proliferación de experimentos
como el de Porto Alegre no serviría más que para obtener réplicas atomizadas

del modelo, incapaces de extender lazos de interacción y asimilación con
otras municipalidades, ni tampoco en sentido vertical hacia los niveles
administrativos superiores. Sin embargo, Pateman considera que es tal el
potencial de un esquema de aprendizaje social basado en programas
autodidácticos semejantes a los empleados en Porto Alegre, que su impacto
puede trascender las fronteras de lo local e instalarse exitosamente en
esferas superiores.

Dejando a un lado estas posibles debilidades del sistema, que sólo la
investigación futura de éste y otros ejemplos semejantes podrá eventualmente

verificar o minimizar, lo cierto es que Porto Alegre ha supuesto un
verdadero espaldarazo empírico a gran parte de los principios normativos
desarrollados, principalmente, por los dos pensadores (Habermas y Joshua
Cohen) que de forma más consistente y plausible han dado continuidad al
ideario de la democracia participativa, mediante sus aportaciones al
denominado "modelo de democracia deliberativa".

Partiendo desde una postura muy cercana a la combinación entre el concepto
de libertad de Rousseau (autonomía personal y voluntad soberana) y la
preocupación marxista por las desigualdades políticas y económicas; y al
mismo tiempo, criticando el "compromiso del bienestar social" y su "versión
adaptada del liberalismo burgués" en las democracias constitucionales y
elitistas de Occidente, así como el "socialismo burocrático, con su
vanguardia congelada en la nomenklatura"; el octogenario pensador alemán ha
elaborado el concepto de "soberanía popular como procedimiento", consistente

en un proceso práctico comunicativo y pedagógico, que pretende fomentar la
"formación de opiniones y voluntades" así como la institucionalización de
las mismas, y que puede potencialmente reconciliar las premisas que
tradicionalmente han enfrentado al liberalismo con la democracia radical, es

decir, "la libertad con la igualdad, la diversidad con la unidad, los
derechos de la minoría con los de la mayoría". Existen dos ámbitos
fundamentales de poder: por un lado, un poder generado en la esfera pública
a través de un proceso auto-legitimador de permanente comunicación entre los

ciudadanos; por el otro, un poder ejercido a través de la administración
pública y el estado, necesitado por tanto de fuentes de legitimidad. La
interacción entre ambos puede dar lugar a resultados políticos racionales y
legítimos en la medida en que la esfera pública sea capaz de, sin perder su
autonomía, transmitir el proceso de razonamiento público al dominio
administrativo o estatal, e integrarse en él, asumiendo sus obligaciones
como portadora e intérprete de los valores populares, valedora de la cultura

política reinante y catalizadora de transformaciones sociales.

Cohen ha contribuido ha desarrollar este modelo político argumentando que el

carácter epistémico de todo proceso de razonamiento público dota de
legitimidad a las decisiones tomadas mediante procesos deliberativos, y
convierte por tanto en correcto y apropiado no sólo el procedimiento en sí,
sino también los resultados alcanzados, pues los mismos están definidos por
la búsqueda del "bien común" y la "voluntad general". Tal proceso requiere
la existencia de unos mecanismos institucionales que garanticen la libertad,

igualdad y capacidad deliberativa de los participantes, y que posibiliten la

consolidación de un compromiso explícito para alcanzar soluciones razonadas
y consensuadas con respecto a problemas de elección colectiva. Para Cohen,
la clave de esta necesaria estructura institucional está en la expansión de
asociaciones de ciudadanos variadas, plurales y convenientemente diseñadas e

incentivadas frente a los riesgos de creación de facciones particularistas y

de transformación del proceso deliberativo en una mera negociación o
competición entre grupos de interés. No se trata de eludir o enmascarar la
existencia de intereses variados presentes en mayor o menor medida en todas
las sociedades, sino de la puesta en funcionamiento de unos mecanismos
comunicativos y pedagógicos a través de los cuales las posturas
excesivamente unilaterales sean replanteadas y las sinergias e intereses
mutuos imperen. Porto Alegre ofrece un sistema institucional que cumple
notablemente con estos requisitos.

El ejemplo de Porto Alegre y los marcos teóricos afines desafían el excesivo

empeño de la tradición liberal por separar, cuando no enfrentar, estado y
sociedad civil. Es ésta no sólo una separación ilusoria, como ya advertía
Pateman en los 80, sino que es precisamente en los espacios de interacción
entre ambas esferas donde deben concentrarse los esfuerzos para hallar
posibles iniciativas de colaboración y acción colectiva. Para ello, es
también necesario considerar un concepto abierto y flexible de sociedad
civil, que supere nuevamente el reduccionismo del pensamiento liberal. La
disciplina de la antropología política, que analiza pacientemente el impacto

de reformas legislativas, políticas o económicas sobre un contexto social y
cultural determinado, gracias a lo cual revela en ocasiones el surgimiento
de instituciones innovadoras, generalmente informales en su inicio, situadas

muchas veces entre la esfera estatal y la social, y basadas fundamentalmente

en el fortalecimiento o reaparición de lazos de identidad tradicionales en
el marco de sus correspondientes comunidades, es un buen ejemplo de enfoque
alternativo en el análisis de casos empíricos de acción colectiva. Este
enfoque nos puede permitir analizar de forma objetiva contextos
institucionales diferentes a los generados en el marco de las democracias
liberales, tales como, por ejemplo, los de países en transición a economías
de mercado con sustratos culturales muy distintos a los occidentales.





Para saber más:

Baiocchi, Gianpaolo. 2003. Participation, Activism, and Politics: The Porto
Alegre Experiment. En Deepening Democracy: Institutional Innovations in
Empowered Participatory Governance. London: Verso.

Cohen, Joshua and Rogers, Joel (editores). 1995. Secondary Associations and
Democratic Governance. En: Associations and Democracy. London: Verso.

Cohen, Joshua. 1997. Deliberation and Democratic Legitimacy. En:
Deliberative Democracy. Essays on Reason and Politics. Cambridge,
Massachusetts: The MIT Press.

Fung, Archon and Wright, Erik Olin (editores) 2003. Deepening Democracy:
Institutional Innovations in Empowered Participatory Governance. London:
Verso.

Habermas, Jürgen. 1997. Popular Sovereignty as Procedure. En: Deliberative
Democracy. Essays on Reason and Politics. Cambridge, Massachusetts: The MIT
Press.

Hann Chris and Dunn, Elizabeth (editores).1996. Civil Society: Challenging
Western Models. London and New York: Routledge.

Macpherson, C.B. 1977. The Life and Times of Liberal Democracy. Oxford:
University Press.

Pateman, Carole. 1985. The Problem of Political Obligation: A Critique of
Liberal Theory.
Cambridge: Polity Press

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